La viralidad se ha convertido en una fuerza capaz de imponer tendencias, dictar conversaciones y seducir incluso a ciertos medios de comunicación que, en su afán por conquistar seguidores y acumular visualizaciones, han terminado sacrificando parte de su esencia.
La vieja carrera por dar la chiva primero, aquella que antes distinguía la agilidad periodística, hoy parece haberse desbordado: importa más llegar antes que contar bien, más el ruido que la verdad, más el clic que la certeza. Y en esa carrera vertiginosa, no todo lo que se vuelve viral resiste el peso de la comprobación ni supera la prueba del rigor periodístico.
Entre la urgencia de publicar y la ansiedad por multiplicar los likes, la buena escritura, la verificación de las fuentes y la responsabilidad de informar corren el riesgo de quedar relegadas al olvido. Todavía existen medios que se resisten a navegar esa corriente efímera y comprenden que la credibilidad no se construye con cifras fugaces, sino con la confianza de sus lectores.
Porque llegará el momento en que el ruido se apague, las tendencias se desvanezcan y, en medio de la confusión, la gente vuelva a buscar una voz confiable. Entonces se sabrá quiénes persiguieron la viralidad y quiénes, aun a contracorriente, eligieron permanecer del lado de la verdad.
Los consumidores no son bobos; ellos van por el morbo, por el amarillismo, por la tendencia, lo que erupciona en la viralidad momentánea. Sucede como al fumador: sabe que le hace daño, pero sigue fumando.
Fuente: La Razón
